miércoles, 11 de junio de 2008

EL HIBISCO AMARILLO



Hibiscus rosa sinensis
Me acerqué algo preocupado a mi hibisco amarillo. No sabía muy bien aún como decírselo. Y me sorprendió que tan pronto estuve a su lado me dijo que sí. Incluso me señaló la que debía ser. Sabrá por qué, pensé yo. Quién mejor que ella podía saber cual era la más fuerte, la más joven, la más vital.

Y con cuidado la desprendí de su madre. Entendí en seguida que conocía por qué se iba, a dónde se iba y con quién.

Cuando ya me alejaba escuché un rumor de hojas que me llamó, y retrocedí al momento a su lado. Era evidente, una madre que se desprende de su hijo que marcha a una nueva vida debe dar instrucciones concisas al responsable de su marcha.

- Ante todo que no salga fuera hasta que sus pies le aguanten con firmeza- me dijo- Al menos la cuarentena.
- Hay que darle el biberón cada tres o cuatro días. Pero no mucho cada vez. Le suele sentar mal.
- Mucha luz y alegría, pero hasta que vaya a su nueva casa que no le de el sol ni el viento. Estamos en invierno.
- Y cuando esté allí, dile a su dueña que piense que está acostumbrado al agua de esta tierra y cualquiera otra le puede sentar mal si la toma en abundancia. Que le vaya dando solo poquito a poquito hasta que la vaya admitiendo.
- Ya cuando sea algo más mayor sí que le gustará el sol como al primero, igual que a mí, y no le importarán los vientos. Y su nueva agua le sabrá a la de manantial.
- Que tenga en cuenta que somos de otra tierra, muy lejana, y tenemos costumbres distintas a las de aquí. Cuando en primavera nos vea desnudarnos de repente, al tiempo que las demás plantas se visten de gala, que no se asuste. Somos así. En primavera cambiamos de vestido y solo brindaremos nuestras flores al sol en verano e incluso en otoño. Así, cuando no haya otras flores y su jardín esté triste, nosotros lo alegraremos.

Asentí con la cabeza y le prometí cumplir al pié de la letra sus recomendaciones. Le agradecí una vez más su confianza en mí y en su nueva dueña y me dispuse a marchar.

Pero solo había dado algunos pasos cuando me pareció oír de nuevo un rumor de hojas.

- Se me olvidaba algo muy importante- me dijo- Es todavía pequeño, solo tiene dos hojas. Sé que disfruta con el canto de los pájaros y de las chicharras, pues le veo sonreír cuando amanece y las escucha, pero tiene miedo a que dañen sus dos pequeñas hojas. Te ruego que le busques como puedas un espantapájaros y lo tenga junto a él, al menos hasta que sea un poco mayor. El ya te lo dirá, porque de adolescente, como le ocurrió a otro de mis hijos, hay un momento en que empieza a darles vergüenza que le vean junto a un espantapájaros.

- ¡Ah! Y esto que te voy a decir te lo digo por su futura dueña. Sé que tu color es el nuestro, pero no el suyo, así que búscale una maceta color azul del mar.

- Bien –le dije sonriendo- no dudes que haré todo cuanto me has pedido. Gracias una vez más.





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